Otra vez Tucumán. La frase no paro de repetirse en Buenos Aires. Si bien las miradas estaban puestas en la protesta agropecuaria de San Nicolás, el 9 de Julio pone en foco a la provincia, mas cuando un presidente de la Nación encabeza los actos por el Día de la Independencia. Por esa razón, los analistas nacionales observan el fenómeno Tucumán como un laboratorio de pruebas que se replica en los grandes centros urbanos.
¿Cual es la razón? La espontaneidad, la emotividad y la expresividad de la sociedad tucumana que se exterioriza cada vez que una medida no resulta de su agrado o cuando tiene que salir a la calle a reclamarle al Gobierno cambios de política. Más curioso resulta a los consultores el hecho de que ningún representante de la oposición política capitalice ese descontento, porque la desconfianza es con todos y porque esa oposición termina siendo un reflejo del oficialismo: están atrapada en una telaraña de interminables internas en las que prevalecen los intereses particulares por sobre los del conjunto.
Pese a lo tumultuosa que es esa parte de la sociedad tucumana que sale a la calle, al decir de los politólogos, no define elecciones, pero sí pega el grito cuando tiene que hacerlo y, en varias oportunidades, termina siendo escuchada por el poder de turno. Las protestas callejeras reiteradas en cada fecha patria son el resultado de la incapacidad de la dirigencia política para gestionar la emocionalidad de la sociedad. Al decir del analista Gustavo Córdoba, la Argentina en general y Tucumán en particular necesitan de un nuevo pacto de consenso democrático, en un contexto en el que la intolerancia no solo es argentina, sino global por efecto del cansancio de una prolongada pandemia.